Adam…¡¡Odio no poder odiarte!!

Odio no poder odiarte

Sentía estar ausentes en medio del salón de baile, aturdida aún por los efectos que producía el último whisky impregnado aún en mi aliento. En realidad no estaba acostumbrada a beber, pero el despecho por verlo conversar con otra requería un buen trago. Deseé sumergirme en las diferentes melodías y el compás que los invitados dictaban con movimientos lentos y armoniosos. Parecía que la sala cobraba vida y pasión al admirar las siluetas que se definían tras la atmósfera de humo que se entremezclaban con la gente en medio de la pista. Las lujosas cortinas que se desprendían verticalmente desde el alto techo caían como dos cascadas de seda púrpura ribeteadas por los adornos dorados que se extendía hasta varios centímetros del suelo. Allí a lo lejos, despreocupado de todo el alboroto que había a su alrededor continuaba ensimismado con su interlocutora, Raisa, una mujer atractiva del mundo de las finanzas que en raras ocasiones dejaba escapar a su presa, en especial a alguien tan atractivo como Adam. Varias carcajadas al aire me hicieron comprender que había conección entre ambos y comprendí que aún estaba lejos de dejarme arrastrar por la embriagadora bebida. Me dirigí al otro extremo de la sala y alcancé a robarle una copa al camarero que zigzagueaba entre la gente con una bandeja plateada. El resquemor fue inmediato al precipitase el ardiente líquido por mi garganta. Mi deliberada desvergüenza y la inhibición que me produjo esa poción maldita me impulsaron a avanzar de forma tambaleante hacia la pareja de enamorados. Cuando había llegado a mitad de la pista, Adam giró la cabeza y me miró. Mis ojos se detuvieron en los suyos. Dos miradas imantadas y fijas una en la otra produciendo el cosquilleo burbujeante que dictamina el corazón y la adrenalina al mismo tiempo. Una sonrisa efímera apareció en sus labios, parecía detenerse el tiempo, el ruido ensordeció y el resto de estímulos dejó de cobrar sentido. Ni siquiera los argumentos de Raisa parloteando en su oreja pudieron provocar efecto en él. Un escalofrío me recorrió cuando su determinación le hizo levantarse de su asiento y aproximarse cautelosamente hacia mí…

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